• Dalia entra y oprime el botón número 31. Detrás de ella llega, apurado, Martín y oprime el botón 23. Dalia observa eso y un escalofrío le recorre la espalda, pero no dice nada. Ni siquiera conoce a Martín.

  • El agua te rodea. Entra por tus poros, por entre tu ropa agujereada y sucia. ¿Qué pensás ahora? Ahora cuando el agua solo te acuna acompasadamente. Ahora que te hamaca de aquí para allá. Te balancea, te duerme. Aunque ya estás dormida. Porque minutos antes, esa misma agua helada te envolvió, se apoderó de tu cuerpo que luchaba por emerger. Sin éxito, por supuesto. Aunque ¿quién te puso ahí? ¿Acaso no fue decisión tuya?

  • ―Dicen que si te mira directo a los ojos te sentencia a muerte.

    ―¡Estupideces!-dije pero mi cuello se entumeció y los vellos de la nuca se me erizaron.

    ―¡Si! y si te toca te pudrís porque ella es pudrición del infierno.

    ―¿Alguno de ustedes la vio siquiera? ¿Alguna vez?

  • -¿Ya te vas?

    -Si amor, como cada mañana a trabajar…

    -No me contestes así sabes que…

  • “Malditas desgraciadas… ¿qué se creen?”, dijo la joven visiblemente enojada, dando un portazo al entrar a su habitación. Estaba realmente agotada, y no sólo de limpiar mugre ajena. Odiaba aquella situación, extrañaba su vida de pequeña, a su papá, a su libertad condicionada por un grupo de mujeres inútiles y vanidosas. “Papá”, pensó con angustia.

  • En esta noche, a la luz de una simple vela y con manos temblorosas, escribo estas palabras. Lo hago para dejar plasmado en algún lugar los hechos que me asediaron (y aún lo hacen); para que alguien lo lea y quede prevenido. Mi deseo es que lo que a mí me sucedió, no le ocurra a otro ser viviente, aunque sé que este deseo es en vano. Esto sucedió antes y volverá a pasar miles de veces. Lo sé.

  • “Se necesita darle sangre al diablo para que nos haga caso”, me dijo ella esa mañana en el cementerio, provocándome un estremecimiento. Y aunque sé que son desvaríos de una trastornada, la sentencia dada por ella, de alguna extraña forma, tomó una certeza enorme y me afectó. Tanto, que desde ese momento, temo por mi alma.

  • “¡Juraste que todo saldría bien! ¿Por qué no vuelve en sí?”, una voz angustiada gritó y se hizo eco en mis neuronas maltratadas, una y otra y otra vez... Frío.

  • Él la contempló en silencio. Era realmente hermosa, y aun estando tan cerca de ella, podía notar que ni siquiera tenía una arruga en ese rostro blanco y suave como el mármol.

  • Hay días bellos en los que desde el minuto en que uno se levanta de la cama, todo sale a pedir de boca. Las luces de los semáforos están a tu favor, al sintonizar la radio aparece tu música favorita, la gente te sonríe por la calle. Hay días maravillosos que son así. Sin embargo, ese no fue uno de esos días.

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