• Ella salió lentamente del río. El agua chorreaba por todo su cuerpo y a pesar de ello, no sentía el frio. Afuera, la escarcha había teñido cada rincón de la campiña de un blanco inmaculado, dándole al paisaje una belleza tétrica y sobrenatural. Y azul. Un contraste hermoso y jamás visto por sus ojos. Quizás por eso ella salía lentamente desde las profundidades del río.

  • Por décima vez en esa mañana, ella acomodó las sábanas estirándolas con energía femenina, sin dejar siquiera una arruga visible. Cada día era igual, tanto hoy como ayer y el día anterior, esa tarea no la despegaba de su habitación a pesar de que para el ojo de cualquiera, se encontraba prolijamente estirada. Aunque no para el suyo.

  • Amig@s, lectores de Miscelaneas:

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    Puntos de venta desde el 10 de marzo de 2014:

  • Hace tiempo, cuando mi piel era suave y rosada, y mi corazón latía joven y esplendoroso, yo era feliz. Él me había propuesto matrimonio y yo me convertiría en la esposa del hombre más dulce y gentil del mundo. Del hombre que desde el primer minuto, había conquistado mi corazón y mi cuerpo.

  • Finalmente, una mañana de abril, perecí. Y no sabía ni cómo ni porqué, al menos no en ese momento. Lo último que recuerdo es rojo, demasiado rojo y luego oscuridad. Mucho tiempo atrás, alguien me preguntó una vez si creía en el más allá y por supuesto yo le dije que no, pero hoy por hoy, ya no estoy tan seguro de esa respuesta.

  • No podía creer que eso me estuviese sucediendo. A mí, que lo único coherente en mi vida, lo único por lo que sentía pasión, era mi trabajo. Que me dedicaba a él como una madre se dedica a sus hijos.

  • Gloria no podía respirar. Sentía que su vitalidad se escapaba, se iba más allá aunque luchase y patalease para evitarlo. Ese brazo alrededor de su cuello era muy fuerte, mucho más que sus posibilidades y hasta sus ganas de vivir. Momentos de su existencia pasaron por su mente deprivada de oxígeno.

  • El padre terminó de dar el sermón del día y luego de que todos los feligreses se hubieran retirado, se dirigió a su oficina. Allí encontró un sobre. Lo tomó y miró si poseía algún remitente, pero no había ninguno. Sólo un título: Mi confesión. Sacó la nota que había dentro y comenzó a leer la primera de varias hojas:

  • Él se sentó y observó el metal reluciente del cuchillo que tenía en la mano. Si se detenía a pensar sólo en eso, en ese detalle casi insignificante de ese momento, lo veía bello, refinado. La afilada sierra que constituía la hoja era magnífica. La empuñadura, blanca y pulcra, era de hueso de vaca finamente tallada y con una inscripción en plata.

  • Mi intención, al escribir este relato, no es precisamente la de ser leído, sino la de evitar la caída de una próxima víctima. Quizás mi desdicha les sirva de algo. Sé que mi caso es inapelable y estoy casi resignado a afrontarlo…

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