• Y de repente sentí que el mundo tal como lo conocía, se congelaba. Se detenía lentamente en ese instante único, en ese milisegundo de la vida, y súbitamente se paralizó. La mujer que tenía frente a mí, con el rostro rígido, me devolvía un gesto de asombro ¿o tal vez sería terror? Me miraba con ojos desmesuradamente abiertos y secos, cargados de todo y nada a la vez.

  • Y que te cuento que tenía mi vida arreglada. Faltaba menos de un mes para mi casamiento. No había dudas, ni el más mínimo titubeo. Estaba haciendo lo que debía, lo que había elegido hacer. Y entonces, pasó algo y desde ese instante, mi mundo tal y como lo conocía, comenzó a desmoronarse…

  • Una noche como cualquier otra en la vida de cualquiera, Genoveva recibió algo bastante perturbador. Al menos así le pareció a ella, que transcurría sus días sin demasiados cuestionamientos.

  • Sol y Luna eran dos bellas hermanas. Ambas habían nacido dieciséis años atrás, un martes trece de tormenta. Había sido una noche larga y aterradora para su madre, y en el preciso momento en que ambas lloraron por primera vez, se produjo un apagón en toda la ciudad. La mamá de las niñas lo tomó como un presagio del poder de ellas. Aunque no sabría cuánta razón tenía hasta mucho tiempo después.

  • Ella se iba insensiblemente a la muerte y yo no sabía qué hacer. El amor de mi vida se extinguía como se extingue una llama que no ha sido alimentada suficientemente. Como se evapora el agua que es abandonada al sol intenso del verano. Ella me dejaba lenta pero inexorablemente y a mí se me partía el alma en miles de pequeños pedazos. ¿Qué haría después con eso?

  • Y salí del baño casi dando tumbos, agarrándome como podía de las paredes para no caer. Si no fuese porque jamás en mi vida había probado el alcohol, cualquiera que me hubiese observado, diría que estaba bajo la influencia de alguna droga o bebida. Sin embargo, no era así. Avancé pesadamente por el pasillo y llegué al comedor. Miré extrañada todo cuanto me rodeaba.

  • Una lágrima se le escapó y rodó por su mejilla. Sin embargo, la secó antes de que pudiese finalizar su camino. Ella se había ido para siempre y ya jamás volvería a sentir su piel suave o la calidez de su sonrisa. A partir del minuto en que el último suspiro salió a través de sus labios supo que su destino había sido sellado. Ya nada en su mundo sería igual.

  • Ella lo miró. Bello en su tranquilidad, hermoso en su blancura. Sus labios, que minutos antes vociferaban calamidades, ahora estaban en reposo, casi sin una mueca. Excepto por una minúscula desviación de su comisura, que ella sabía muy bien se debía al dolor. Estaban levemente azulados, pero con un resto de candor rosado.

  • Él abrió el baúl de su auto y encontró un cuerpo sin vida allí. Estaba prolijamente envuelto en plástico. Tanto que ni siquiera podría saberse si era hombre o mujer. Tal vez se presumiría que era una mujer por la delgadez y hasta por algún contorno que asomaba, pero todo era una suposición. Solo lo confirmaba la pequeña tarjetita. Esa que recibía cada semana.

  • Él se dirigió a ese lugar sin saber que le esperaba allí. Una frase le rondaba en su mente: “Hay un asesino viviendo dentro tuyo y necesito que aflore”. Eso le asombró bastante. “¡Un asesino!”, se repetía Gabriel, una y otra vez. Un asesino, algo con poca lógica en él que se regodeaba con saber que nunca había matado ni siquiera a una simple mosca.

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