• Una luz brillante me encegueció y en ese momento supe que todo había terminado. Entonces, formé parte de la nada misma. Pero voy a comenzar por el principio, quizás de esa manera hasta yo pueda entender. Hace ya un tiempo, no sé cuánto en realidad, lo conocí.

  • Cuenta la leyenda que hace mucho pero muchos años, quizás antes de que el día fuera día y la noche fuera noche, había un lugar maravilloso llamado Tierra. En ese entonces, la Tierra era un sitio acogedor y casi mágico que apenas se diferenciaba del cielo y el resto del universo. En la Tierra tal cual era entonces, convivían dos pequeñas aldeas y cada una de ellas se encontraba rodeada de espesa y hermosa vegetación.

  • Roberto era un hombre pacífico. Amante de sus costumbres, tanto que para muchos, era un ser aburrido. Incluso para su esposa. Cada mañana se levantaba de la cama a la misma hora: 5 y 55. Unos 5 minutos antes de que la alarma de su reloj sonara, evitando así, despertar a su mujer. Tras varios años junto a ella, había aprendido que cuanta menos interacción tenía con esa persona y su neurosis, su mundo tenía mucha más armonía y paz.

  • Inés se levantó de la cama sabiendo con exactitud que debía hacer. Los detalles que quedaban por organizar eran insignificantes y los iría ultimando a medida que los eventos se fueran desarrollando. Pero la base del plan, el nudo crítico de lo que debía llevarse adelante y cómo, estaba diagramado en su cerebro. Las órdenes se encontraban depositadas en un lugar profundo entre las miles de neuronas que conformaban su psique.

  • La cena había sido servida con gran prestancia. Ella estaba hermosa y con un leve sonrojo en sus mejillas. Facundo suspiró en el momento en que Geraldine desvió la mirada hacia otro lado. Hacia su marido que, junto a ella, comía como si fuese la última vez. Y hablaba del progreso. A Facundo no le importaba el progreso. No desde que la había conocido.

  • Eran alrededor de las 7 de la mañana y el día prometía ser hermoso. Un perfecto y bello amanecer de octubre. El cielo estaba de un azul impactante, sin una nube que estropeara la perfección del firmamento. Los pájaros cantaban de manera desenfrenada anunciando un apacible día primaveral.

  • La brisa nocturna tocó suavemente su rostro. Ella la sintió fría, más fría de lo que recordaba. El largo vestido blanco que había elegido para la ocasión se elevó delicadamente, flotando en el aire como si fuera el atuendo de una bella bailarina danzando. Descalza, sintió el piso helado bajo sus pies, pero no le importó. Miró al horizonte y el sol se estaba pariendo a sí mismo, tímida e inexorablemente.

  • La brisa cálida de primavera se filtró a través de uno de los enormes ventanales de la antigua casona. El sol que luchaba por traspasar las nubes, ocasionalmente lo lograba, dándole una tenue y cálida iluminación al lugar. En uno de sus triunfos, el astro rey iluminó aquel pasillo y cuando eso sucedió, el efecto provocado era casi de otro mundo.

  • Ella sabía que en breve el tiempo se terminaría, pero aún así intentó disfrutar del espectáculo que le brindaba la naturaleza. El cielo estaba de un azul claro impactante. La brisa cálida de primavera, le acariciaba el rostro y ella se sintió en armonía con el universo. Aspiró una bocanada de aire fresco y quedó intoxicada por el oxigeno puro del lugar. Miró el reloj. Amaba ese reloj.

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