Locura de amor



La cena había sido servida con gran prestancia. Ella estaba hermosa y con un leve sonrojo en sus mejillas. Facundo suspiró en el momento en que Geraldine desvió la mirada hacia otro lado. Hacia su marido que, junto a ella, comía como si fuese la última vez. Y hablaba del progreso. A Facundo no le importaba el progreso. No desde que la había conocido. Sólo le importaba Geraldine. Ella lo había hechizado con su belleza. Lo había colonizado, constituyéndose en su reina y lo dejó sin un sentido en la vida. Solo ella era su norte. La había soñado cientos de veces, siempre en sus brazos. Siempre amándola. Siempre suya. Sin embargo, ella era de otro. De ese ser obeso y grotesco que tenía a su lado.

Debía liberarla de su yugo. El sentía esa responsabilidad en sus hombros. Lo tenía todo planeado con detalle. Esa era la noche indicada y sólo tendría una oportunidad. Entonces, cuando el momento propicio llegó, se levantó de la mesa e invitó a Don Ocampo, que sólo había hablado de él mismo durante toda la velada, para que lo acompañase a la biblioteca. Le dijo que quería mostrarle una nueva adquisición y el hombre increíblemente le siguió. Geraldine se quedó en el comedor descansando de la compañía masculina.

El plan marchaba a la perfección. Don Ocampo se acercó a los libros depositados en numerosos estantes. Realmente la biblioteca era algo para admirar, era imponente. Mientras el hombre observaba, le dio la espalda a Facundo y éste tomó el revolver que su padre le había regalado unos años atrás. Un arma hermosamente decorada en plata y madera, pulida a mano. La sacó del cajón del escritorio, silenciosamente respiró hondo y no sin que sus manos temblasen, le apuntó. Don Ocampo se dio vuelta y lo miró con asombro. Ese chiquillo que aún tenía acné en el rostro le estaba apuntando descaradamente. “¿Quien se cree que es?”, pensó. Pero entonces Facundo dijo:

-Esto es por Geraldine…

Don Ocampo entendió que la situación era seria y quiso disuadirlo, pero Facundo ya había tomado la decisión. Nuevamente inspiró aire y disparó sin piedad. Don Ocampo cayó desplomado en un charco de sangre. La muerte sobrevino casi inmediatamente. Facundo se quedó quieto, observando. Nunca había visto a un muerto tan de cerca y la sensación se le antojó poderosa e inigualable. Finalmente, el plan había sido llevado adelante. El hombre estaba muerto y ella sería suya para siempre.

En aquel momento, tras escuchar el disparo llegó Geraldine corriendo. Él quiso abrazarla y contarle que había hecho lo que debía hacerse. Que de ahora en más podrían ser felices juntos. Sin embargo, y muy al contrario de lo que Facundo esperaba, ella gritó horrorizada. Nunca en su breve vida se había encontrado con un cuadro semejante. Ni siquiera en sus peores sueños. Geraldine miró a Facundo, se acercó al asesino, le miró con tristeza en el rostro y en el instante en que él creyó que diría algo, nada. Solo se colocó frente al arma que aún él sostenía y se disparó.

Facundo miró al hombre con el que hablaba hacía unas horas ya y le dijo:

-¿Y que pasó después? Ella fue mi amante y consorte, mi sueño y mi peor pesadilla. Ella sigue conmigo. Me acompaña a cada lugar que voy ¿No la ves allí? Allí…sentada, observando, con calma. Si mi vida, ya nos vamos a casa.

El hombre miró a Facundo horrorizado, pero éste siguió hablando:

-No importa…no importa si no entendés. Ella es mía ahora y con eso me basta…

Y se fue hablando solo...con su Geraldine.

Autor: Miscelaneas de la oscuridad