Justicia de desamor



Él se sentó y observó el metal reluciente del cuchillo que tenía en la mano. Si se detenía a pensar sólo en eso, en ese detalle casi insignificante de ese momento, lo veía bello, refinado. La afilada sierra que constituía la hoja era magnífica. La empuñadura, blanca y pulcra, era de hueso de vaca finamente tallada y con una inscripción en plata. Ese cuchillo había sido el regalo de su esposa Raquel para el segundo aniversario de casados. En la chapita grabada, se leía: “Nuestro amor es eterno y nada ni nadie podrá cortarlo”. Se le vino una oleada de tristeza. Por supuesto no había sido el cuchillo el culpable, aunque le costaba asumir la realidad del problema.

Recordó la primera vez que la había visto. Había sido en una tarde de primavera mientras cruzaba el playón de estacionamiento de la universidad de La Plata. Ella caminaba con paso determinado y con una gracia coqueta que lo dejó sin aliento. Desde ese día él se sintió más que intimidado por esa personalidad avasallante y exótica, aunque jamás dejó que eso le impidiese abordarla. Raquel era una hermosa pelirroja, alta, casi más que él y delgada, aunque con los contornos marcados. El quedó prendado por esa belleza extravagante desde el minuto en que sus miradas hicieron contacto, y ya nunca pudo amar a ninguna mujer como a ella.

Esa mañana en la que se conocieron, en la universidad, ambos se iban a inscribir en derecho. Habían elegido la misma carrera y luego de ese encuentro, él se encargó de que coincidieran en casi todos los horarios. Cursaban juntos muchas materias y cuando se recibieron, juntos por supuesto, él selló el momento inolvidable y único con una propuesta de matrimonio. Ambos festejaron desnudos y transpirados. Se habían obsequiado un momento, solos y encerrados en el departamento de ella que jamás olvidarían. Al menos así le sucedió a él. La recordó en sus brazos. La recordó gimiendo de placer debajo de él empapados en ese sudor perfumado a hormonas que tanto le gustaba, que tanto anhelaba. Y lo extrañaba porque hacía tiempo que no lo percibía.

Volvió a mirar el cuchillo y se sintió preso de un mal sueño. Una pesadilla de la que por más que se pellizcara a si mismo cientos de veces, jamás despertaría.

La distancia había comenzado unos cuantos meses atrás. Él se había sentido más de una vez desplazado de todo cuanto sucedía a su alrededor y eso lo torturaba, y mucho. “Estoy tapada de trabajo”, era la respuesta de ella para la distancia. “¡Es un caso crucial para mi ascenso, amor!”, le contestaba ante el reproche.  Y él, que se sentía culpable por no entenderla, la dejaba ser. La dejaba fluir. Y en ese dejarla, él mismo cavaba un foso profundo entre ambos.

Y el tiempo había pasado. Y su cama se había enfriado. No recordaba cuándo había sido la última vez que en la que habían transpirado de placer juntos. Ella prácticamente dormía en el sofá de la oficina de su casa y él en el lecho que ya le quedaba demasiado grande. Pero ese día era su aniversario. Y allí lo encontraba sentado en la puerta de su casa. Las rosas blancas que había comprado en la florería de siempre, estaban tiradas y desparramadas a sus pies. Su corazón se había transformado en una roca y se había partido de dolor. Y ya nada podría unir las partes. Miró el cielo y le reprochó su desgracia. Pero ¿qué tenía que ver Dios con todo esto? Ella era el diablo, evidentemente. Ella era el demonio… ¿y Raquel? Raquel le había dado algo para quitárselo después. Le había dado la esperanza de una vida juntos…y ahora, ya no más.

Unas horas antes de sentarse allí, él había pasado por la florería y le había comprado esas rosas a su esposa por el aniversario. Cinco años de casados y a pesar de la distancia, él se sentía feliz. Feliz de ser su esposo, de estar con ella. De compartir la vida con esa mujer fabulosa e inteligente. Y como lo sentía así había decidido dejar a la que ocupaba el lugar de ella. A esa otra vacía, un envase que solo calmaba su sed de sexo, de piel. Pero que, a pesar de ser prohibido, de lo excitante del no poder ser, jamás consiguió saciar esa necesidad. Agradecía en ese momento, haberla dejado a tiempo y sin escándalos. Sin que llegara a mayores.

Luego de comprar las flores, él había pasado por la joyería, había visto un bello colgante que realzaría el delicado cuello de Raquel. Un cuello largo y blanco como el de un cisne que despertaba en el que lo miraba, las ganas de besarlo y jamás parar. Eso le había provocado tantas veces y tantas otras sólo lo había admirado a la distancia. En esa joyería retiraría, además el cuchillo que ella le había regalado y al que, accidentalmente, se le había despegado la dedicatoria. En el momento en que ese cuchillo se había caído al suelo despidiendo estrepitosamente la placa con la dedicatoria, una sensación de mal augurio le asaltó. Aunque quiso sacársela de la cabeza rápidamente, le costó y ahora todo confirmaba el mal presagio revelado por ese hermoso cuchillo.

Con las cosas en la mano se había dirigido a su casa y mientras manejaba, imaginó llegar y prepararle la cena, encender unas cuantas velas y descorchar un Chandon para festejar. Tal vez se darían un baño, juntos y se disfrutarían. Tal vez tendrían una charla sobre la vida que llevaban, sus proyectos, sus anhelos. Quizás hasta le diría que quería intentar tener hijos. Pero al llegar a la puerta de su casa vio un auto que no era el de ella. Entonces supo. Supo que todo estaba mal. Que ya nada sería lo mismo. Que su vida cambiaría de ahora en adelante. Que por más que lo deseara, por más que lo intentase, su destino tenía un rumbo solo, único.

Ya habían pasado más de dos horas desde que se había sentado en el porche de su casa. Miró el colgante que le había comprado a ella, a la dueña de su vida y lo arrojó lejos en el parque de la entrada. Todo su mundo se había derrumbado en el minuto en que había visto ese auto ajeno, ese auto que no pertenecía a su vida. Volvió a mirar el cuchillo y pensó en la muerte.

¡Qué extraño! Tan solo unas cuantas horas atrás pensaba en vida, en niños. En la inevitable forma de trascender: la descendencia. Y ahora, su pensamiento estaba rodeado, inundado de muerte. De oscuridad. No de miedo, porque él jamás fue una persona temerosa. Porque si hubiera temido alguna vez, no podría haber sido capaz de amar a esa mujer. No. Su sentir era simple y llanamente oscuridad. Negrura en el alma, en su mente, a su alrededor.

Miró el cuchillo otra vez. Se vio reflejado en su hoja. Vio sus ojeras y sus ojos rojos de tanto llorar. Imaginó a su esposa, pensó en cómo habría sido y quiso hundir esa daga cargada de destino, en su cuello, pero una mano se posó en su hombro.

“Lo siento amigo”, dijo alguien, “pero le aconsejo que no se quede solo luego de vivir algo así. ¿No tiene familia o amigos?”. “No”, dijo él, “Sólo ella”. Miró al policía que salía de su casa acompañando la camilla que llevaba a su esposa sin vida, y le hizo media sonrisa como para despreocuparlo, a la vez que escondía el cuchillo en el bolsillo de su saco.

El policía, antes de seguir su camino, le entregó un papel que contenía algunas frases garabateadas. Era claramente la letra de ella. Del envase que había dejado sin escándalos varias semanas atrás. Esa otra, esa desalmada le había escrito a su bella mujer, le había contado todo. Y para rematar con éxito su mala intención, le había enviado además, fotos para confirmar la tragedia y empujarla al desenlace inevitable. Y en el día de su aniversario, por supuesto.

“Venga conmigo…después vemos que tiene que hacer”, le dijo el policía. Él se levantó lentamente, como si tuviera mil años de vida en sus hombros y se fue junto al hombre. Para el policía esa pequeña frase significó una tranquilidad, porque creyó que había calmado el alma y el espíritu de un ser atormentado por el dolor de la pérdida. Era el deber cumplido. Para él, solo posponía lo inevitable. Pero solo por un rato. Ese cuchillo tenía dos destinatarios y tarde o temprano, él haría justicia a como diera lugar.

 

Autor: Miscelaneas de la oscuridad