La confesión



El padre terminó de dar el sermón del día y luego de que todos los feligreses se hubieran retirado, se dirigió a su oficina. Allí encontró un sobre. Lo tomó y miró si poseía algún remitente, pero no había ninguno. Sólo un título: Mi confesión. Sacó la nota que había dentro y comenzó a leer la primera de varias hojas:

“Querido Padre:

Lo que voy a contarle es algo muy duro para mí. Aún no le diré quién soy porque necesito que llegue al final, por lo que le ruego no desespere que, finalmente y a su tiempo, lo sabrá. Como buen pastor, que seguro usted es, lo comprenderá ya que tal vez me recuerde por concurrir a misa más de una vez.

Nací en una casa humilde aunque digna, allá por 1876. Si bien no había lujos desmedidos, si se respetaban ciertas cuestiones en mi educación. Esta estuvo en manos de una institutriz que se encargaba de transmitirme el amor por la literatura y las matemáticas, la historia y la geografía. Ella era mi compañera durante las largas horas que constituían mis días. El amor por las artes y la ciencia fue casi el único amor que esa gran y dulce mujer me enseñó.

A mis 15 años fui presentada en sociedad. Mi padre organizó una fiesta refinada, en el salón de la casa, al que concurrieron la mayoría de los amigos de papá ya que yo no tenía muchos. Guardo un buen recuerdo de ese día…Fue bello ser el centro de todo por un instante.

Le cuento Padre que soy la única mujer de 6 hermanos y la más pequeña de ellos. De más está decir que ellos ya no viven. Fueron partiendo de esta tierra por distintas circunstancias de la vida con las cuales no tuve nada que ver. Sin embargo, al único que lloré fue a mi hermanito Juan, dos años mayor que yo y cómplice de mis travesuras de niña. A él lo perdí cuando yo tenía 14 años, se lo llevó el cólera en apenas una semana. Lloré su ausencia intensamente y durante muchos años…aún hoy lo sigo haciendo. Juan era una de esas personas que brillaban aún en los momentos más oscuros. Era él quien estuvo cerca de mí, sobre todo luego de que mi madre se fuera al cielo con el Señor. Juan era quien me defendía hasta de mi propio padre…

Mi niñez fue alegre a pesar de tanta pérdida. Aunque alegre es una definición. No sé si alguna vez fui feliz en esos años. Pero intenté serlo, intenté ser feliz. Tal vez sólo logré ser alegre. No sé. Hoy es difícil decir que fui y que no.

Otra cuestión que me enseñaron fue a temerle a Dios y a ser buena. Creo que soy una buena cristiana. Tengo un diálogo fluido y cotidiano con el Señor y hasta creo que alguna que otra vez con Él y mi dem…mejor lo dejo para otro momento.

Mi primer matrimonio fue a los 16 años. En parte creí casarme “enamorada”, pero fundamentalmente lo hice para huir de mi casa, la de mi padre. Mamá había muerto ya varios años atrás y una nueva mujer ocupó su lugar queriendo ser mi madre y sin lograrlo. Al parecer tampoco pudo lograr ser su mujer ya que las necesidades de mi padre tuvieron que ser satisfechas de otra manera… Cada vez que pienso en esos años, me pregunto por qué Dios no se llevó a mi padre antes que a mi madre…pero son cosas de la vida.

Como dije antes, mi querido hermano Juan era mi salvador. Sobre todo, cuando mi padre se propasaba y el Señor estaba ausente mirando hacia otro lado. Pero hubo momentos en que eso no fue suficiente…y luego, bueno, luego ya no estuvo para defenderme y nadie veló por mí…

El matrimonio no fue exactamente lo que esperaba. Lo que mi padre hizo, mi esposo lo continuó. Al parecer necesitaba imperiosamente demostrar que yo era de su propiedad. Como si pudiera pertenecerle a alguien más…como si alguien más pudiera quererme…y lo peor de todo, sus actitudes estaban amparadas por la ley. Los golpes eran lo de menos (si es que podía esconder los moretones), pero cuando llegaba ebrio, no solo me golpeaba, sino que me rebajaba con insultos e incluso me obligaba a realizar cosas horrendas. Generalmente, luego de ese tipo de golpizas él salía de “viaje” por unas semanas y la paz llegaba a mí ser.

Fue en esos momentos de paz, que comencé a pensar en cómo hacer que esa paz fuese permanente. Separarme no podía, ¿a dónde iría? No tenía nada que me perteneciera, nada que fuera realmente mío y con mi padre no podía volver. Sin embargo, la decisión se prolongaba. Era algo drástico que no me animaba a realizar. Pero aunque no tenía el coraje de materializar la acción, eso no me impedía planificar mi libertad.

¿Cómo llegaría a ese lugar deseado llamado paz? Bueno, mi marido no debía estar en la ecuación. No al menos como lo conocían todos. Pero esto no era simple ya que él era un hombre de sociedad y si desaparecía bruscamente se podrían abrir sospechas. Entonces, retomé los libros. Usted Padre se preguntará ¿por qué los libros? Es simple, allí está toda la fuente de conocimiento y verdad. Al menos así lo creo yo. Además, ellos fueron mis amigos en la infancia y nunca, pero nunca me abandonaron como si hicieron las personas, como Juan hizo…

Comencé a pensar ¿qué alternativas podría tener? ¿Un accidente? Lo descarté. Generalmente él viajaba solo y cuando me llevaba mi dama de compañía o algún otro empleado de la casa nos acompañaba. Arriesgarme en esos momentos significaba la presencia de un testigo y un futuro chantaje al menos, cosa que no estaba dispuesta a soportar ni en ese momento, ni ahora.

Debía ser algo sutil y en lo posible, progresivo, algo que lo fuese postrando. Sin embargo, todo estaba en el terreno de la especulación. Pasaba mis tardes pensando en este tema, mientras realizaba tareas de jardinería, con mi criada. Amaba la jardinería. En esos años, yo poseía un jardín hermoso, lleno de flores. Todos los colores del arco iris se representaban en esa porción privilegiada de tierra. Por supuesto que trabajaba en el jardín en los momentos que él estaba de “viaje” y cuando podía caminar. Era un pequeño paraíso. Mi paraíso personal.

Mi mente seguía urdiendo el plan y en esos momentos, no me daba cuenta como el planeamiento de mi “libertad”, de a poco iba matando mi espíritu, haciendo que en realidad, cuando el momento fuera propicio, mi accionar sucediera de forma casi natural y totalmente medida.

Volviendo a mis métodos, ya había pasado un año planeándolo y a las claras estaba, que sólo se desarrollaba en mi cabeza. ¿Qué fue lo que lo llevó a la práctica? Bueno, una vez tuve la dicha de esperar un hijo…sólo el recordarlo me provoca una angustia inmensa, un dolor en el corazón que nunca ha cerrado del todo. En esa época estaba feliz… una de las pocas veces que tuve ese sentimiento en mi vida. La única vez que fui plenamente feliz…La noticia de un hijo en camino, un pequeño ser humano creciendo en mi vientre, me dio una sensación de extrema alegría, una que nunca antes ni después volví a sentir. En ese entonces, compré una hermosa cuna con dosel, pequeña ropita y hermosos muñecos…

Pero, Padre, esta no es una historia feliz. Y no se olvide que hay una confesión que contar. Esta es una historia de tristeza, de oscuridad. Porque una confesión, una confesión nunca es algo bueno. Es un peso en el alma.

Una noche, la más oscura de mi vida, él volvió de sus “rondas nocturnas” más ebrio que nunca. Los celos contra su futuro hijo eran inmanejables y la golpiza fue tremenda, aún cuando yo le rogaba por nuestro pequeño no nato y le juraba que nunca ocuparía su lugar. Esa noche se fueron todas las ilusiones de ser madre algún día…

Dicen que los niños que mueren muy pequeños son ángeles de Dios. Que Él se los lleva porque los necesita urgentemente en el Cielo. ¿Será así? Porque aún no tengo consuelo, no tengo consuelo por el niño que no pudo ser, por el adulto trunco, por la vida que no fue…

En fin…fue ese día que tomé la decisión de terminar con mi sufrimiento, con mi fuente de amargura, con el ser diabólico que lo producía. Mientras yacía en mi lecho, sin poder moverme tras semanas de hemorragia y dolor, juré que sería la última vez que ese monstruo pondría un dedo sobre mí. Ni siquiera derramó una lagrima por el mal hecho…ni siquiera se arrepintió por mi sufrir…nada…

Investigué un poco más acerca de qué podía utilizar. Tal vez alguna sustancia a la cual yo tuviese acceso. Una sustancia que le haría sentir muy enfermo. Porque a estas alturas, ya no se trataba sólo de mi paz, se trataba también de que pagara el daño hecho, no solo a mí, sino a mi hijo….

Sin embargo, cuanto más me acercaba al momento, mis dudas se acrecentaban. No por lástima o misericordia, sino por temor al destino de mi alma. Una batalla se libró dentro de mí pero supe que Dios sabría perdonarme ya que, de esta forma, el mundo tendría un demonio menos…

Entre los numerosos arbustos y las bellas flores que había en mi jardín, cultivé una extraña planta, la cual su raíz presenta poderosas propiedades eméticas. Destino extraño, me la había regalado él cuando volvió de uno de sus viajes. Esta planta, de origen brasilero y que creció entre tanta belleza, fue la que utilicé para castigar a mi marido.

Se me ocurrió incluirla en los alimentos. De esa manera no la notaría y no habría sospechas de ningún tipo. Para ello, comencé a cocinar cada comida para él. Así, de una extraña y retorcida forma, él se sintió aliviado de que yo mostrara cierta tendencia a “mimarlo”. Creyó que con esas acciones, yo le estaba perdonando sus faltas. ¡Iluso!  Entonces, aceptó esta ofrenda, esta casi tregua sin cuestionarla. Luego de unas semanas de buena alimentación decidí incluir el extracto…

La primera vez, no pasó nada en todo el día, por lo que concluí que había utilizado muy poco. ¿Sería mi alma que quería salvarse del infierno? Tal vez. Pero eso no me frenaría. No en ese momento en donde mi decisión estaba tomada. Al día siguiente, preparé nuevamente el almuerzo. Un exquisito estofado de carnes y papas. Si me detengo un momento, aún puedo oler su magnificencia. Le coloqué el extracto al plato de él para que no sospechara nada, así yo comería también en la misma mesa, junto con él. Terminó su almuerzo y tampoco nada pasó. Empecé a desesperar creyendo que lo de la raíz era pura mentira. Sin embargo, a la media hora vi como el hombre comenzó a palidecer, a llenarse de un sudor frío que lo empapó al instante. Fue duro ver el efecto de tal mezcla. Sus ojos desorbitados no sabían a donde mirar, tal vez buscando la ayuda que no iba a encontrar, al menos no en mí. Cuando atinó a levantarse, la estabilidad ya se encontraba perdida, así que intentó agarrarse de una silla pero, para completar su desgracia, ésta cedió ante el propio peso haciéndolo caer y golpear su cabeza contra la mesa. Mientras esto sucedía, un vómito intenso salió desde sus entrañas eliminando todo lo que había ingerido en el día. Como si esto fuera poco, el cuerpo seguía arqueándose en arcadas y sacudidas violentas, mientras caía al suelo lentamente, quedando tendido en su propia inmundicia. El golpe sufrido en su cabeza le agregó a la descarga emética, un charco considerable de sangre roja y resplandeciente, creando una extraña mezcla de colores que luchaban entre sí por dominar el cuadro.

Por supuesto, no fui inmune a todo este espectáculo. Todo mi cuerpo estaba contraído y aun así, temblando. Mi corazón latía enérgicamente, mi respiración estaba agitada y apenas la pude contener…el terror tenía gusto de venganza. Ver al que fue una vez mi amor, desplomarse y vomitar una y otra vez, aún en el suelo, era duro y desgarrador. Pero también era ver tendido al enemigo que me había quitado todo, hasta el futuro.

Una vez que él llegó al suelo, me levanté lentamente como el decoro le exige a toda dama de la alta sociedad, como siempre me enseñaron a comportarme y me acerqué a él. Mi temor era que hubiera muerto tan rápido que el castigo no hubiera sido suficiente, así que me incliné para ver si respiraba. Mientras me acercaba a ver su sucio rostro, una sacudida movió su cuerpo y me aterroricé aún más. Tanto que me hizo sacar la mano inmediatamente. Lo miré unos segundos e intenté otra vez de encontrar un pulso, ver un respiro. Afortunadamente lo había, entonces en ese momento proclamé un grito desesperado y llamé a mis criados para que me ayudasen.

Rápidamente entraron al salón comedor y al ver el espectáculo delante de ellos me miraron con la interrogación en sus rostros. Sin embargo, mi cara de terror y las lágrimas ya estaban presentes, como debían estar, así que la mucama me apartó del comedor y el encargado de la casa levantó a mi marido, trabajosamente. Lo llevó a su cama y lo dejó allí tendido.

Inmediatamente luego de haberlo aseado, cosa que hice yo -tal vez como una penitencia o tal vez demostrándole que más allá del infierno vivido junto a él, mi lugar de esposa no había sido trastocado-, lo arropé en su lecho. Limpié cada resto de sus desechos sin hacer siquiera una muesca, aunque por dentro sentía repulsión. Repulsión al hombre que estaba allí tendido como también a sus escorias. Limpié el enorme tajo de su frente. Evidentemente el golpe en la cabeza había sido importante. Era un corte profundo y deformado en la frente que aún emanaba sangre. Lo vendé cual enfermera, haciendo compresión para detener la hemorragia. Él me miraba sin emitir palabra. Sus ojos aún estaban desorbitados y grandes como platos. ¿Sospecharía de mí? Tal vez lo hacía. Sin embargo, nada se podía probar. Solamente debería tener especial cuidado la próxima vez, sobre todo en cuanto a la dosis y el lugar en donde él estuviera ubicado, para no repetir el golpe en la cabeza. Tal vez ya nunca se levantase de esa cama y tendría que alimentarlo allí…lo cual significaría el éxito de mi plan.

Una vez aseado, llamamos al médico de la familia. Como mi esposo podía emitir palabra, yo me encargué de relatar lo sucedido, ya que además de verdugo era testigo. El médico nos habló de posibilidades, de cosas que yo no entendía y como mi esposo siguiera en su mutismo atónito, él dijo que debíamos esperar para saber si la falta de habla era debido al susto o si el golpe en la cabeza había sido tan fuerte que habría dado por resultado una lesión en el cerebro. Esto último me preocupó ya que, si moría se salía del plan establecido. Mi objetivo se había constituido en provocar su lento sufrir. Lento y constante como yo sufrí su presencia y su desprecio violento. Si se moría se saldría con la suya y yo no quería eso.

Pasé la noche en vigilia, rezándole a nuestro Señor que aún no se lo llevara. Pero a la mañana siguiente la espera había sido en vano. Yo había cerrado mis ojos cansados unos minutos y al despertar lo vi agitarse violentamente entre las sábanas hasta que se quedó calmo, demasiado calmo. El médico me dijo luego, que el golpe era el responsable de una lesión dentro de su cabeza y que eso eventualmente lo mató. Fue horrible…horrible, Padre.

Luego de todo este horror, la paz llegó a mi vida. Disfruté cada día como si fuera el último. Le dediqué mucho tiempo a mi jardín, que en esa época creció enormemente. Viví…

Sin embargo, la paz y la libertad no duraron mucho ya que las personas que me rodeaban temían por mi entereza, por mi estado mental…En fin, las opciones como siempre eran dos: una de ellas involucraba a mi padre instalándose conmigo y la otra incluía un nuevo casamiento…en esa época, donde yo tenía 20 años, extrañé a mi madre, otra vez…

Entonces, salí a buscar marido. Un hombre que se hiciera cargo de la casa y de los negocios de mi difunto esposo. En esta búsqueda descubrí que la juventud en una mujer es un arma poderosa, y debido a esto y a mi supuesta indefensión ante el mundo, no escasearon candidatos. Mi padre participó, una vez más en mi vida. En este caso, en la elección de mi futuro esposo y unos seis meses después ya estaba atada a un nuevo ser. Un hombre viudo también, que me llevaba unos treinta años y que era padre de dos hijas. Ellas tenían ocho y diez años y despertaron en mí el instinto materno adormecido, casi asesinado por mi difunto esposo.  La boda fue modesta y sin mayores revuelos, con un simple almuerzo y una ceremonia pequeña en la iglesia local. Me mudé a su casa luego del festejo. Sus hijas, que a partir de ese momento estarían a mi cargo, eran educadas por una institutriz en la propia casa. Disfruté mucho aquel período y mi esposo de ese entonces, que viajaba bastante, me brindaba mucha libertad y tenía un excelente trato para conmigo. Eso debo aceptarlo y enfrentarlo. El hombre me trataba como a una princesa. Eso dio cierta paz a mi alma atormentada.

No obstante, esa paz duraría poco tiempo. Ya le conté, Padre, que mi segundo esposo viajaba por los negocios. Largas semanas de ausencia eran seguidos de una bienvenida sin igual. Cuando él volvía de las giras, sus hijas y yo preparábamos un almuerzo con varios arreglos y nos vestíamos para la ocasión. Era una verdadera fiesta. Pero algo más sucedía. Algo que poco a poco fui notando en cada regreso. Había cierto nerviosismo, cierta sombra en la mirada de la más grande de las niñas. Claramente esa reacción no se debía a la emoción de ver a su padre luego de días de ausencia. Es más, ella se iluminaba, era otra personita cuando su padre no estaba. Quise indagar, averiguar de sus propios labios que sucedía, pero no obtuve resultados. Ella negó todo, si es que algo sucedía. ¿Qué hacer entonces? Lo que siempre hice en mi vida cuando las cosas no encajaban: observar. Pase días observando todo. Al parecer, todo era bastante normal…

En este estado de cosas, una noche desperté de golpe, como movida por el Señor, y miré el lecho que compartía con mi esposo: él no estaba allí. Me levanté y lo busqué, en la biblioteca. Pero todo estaba en silencio y oscuridad. Esa oscuridad que guardaba un mal presagio, un secreto terrible que gritaba mudo y palpitante allí en mi hogar. Seguí buscando por la casa y horrorizada observé lo que nunca quise. Entendí de qué se trataba. Entendí que el trauma de la niña era su propio padre. A unos cuantos metros de la habitación de ella, me detuve al ver a mi marido salir de allí como cuando lo hacía mi padre. Y a lo lejos escuché como en una sentencia de muerte, el sollozo de la niña. Todo vino a mí nuevamente como una avalancha de desesperación. El maltrato, el abuso de mi padre, la pérdida de mi hermano, el odio a mi primer marido. Todo junto se transformó en asco y repulsión hacia este ser despreciable con el que me había casado por segunda vez.

Intenté serenarme y luego de mucho meditar, comprendí el motivo por el cual Dios me había puesto en el camino de estas niñas: debía protegerlas de su propio padre. Así como mi madrastra eligió mirar a otro lado cuando mi padre hacía lo que hacía conmigo, yo actuaría en defensa de las únicas hijas que podría tener. Afortunadamente, esa noche él no me vio. Y al día siguiente se iba de viaje por varias semanas. Entonces, tendría tiempo de decidir qué hacer y fundamentalmente como. Me encomendé a Dios una vez más y le dije que era por un bien mayor. Mi accionar siempre sería por un bien mayor.

Durante esas duras semanas de reflexión, luche contra mi misma. Tenía temor de estar equivocándome. Pero todos los signos estaban allí. La niña se retraía cuando su padre estaba con nosotras y cuando él se marchaba era feliz. Esta decisión implicaba una vez más, perder parte de mi alma en el camino. Jirones de ella eran dejadas con cada decisión de este tipo…pero así debía ser.

El día que mi marido volvió, preparé una cena en su honor. Yo, por mi parte, me vestí de un rojo intenso, para que él recordara el momento en el que su destino fue sellado. Las niñas ese día comieron más temprano y se retiraron a descansar. La cena sería entre él y yo. Ese fue el momento en el que tomé las riendas del futuro de mis hijas. Esta vez coloqué más extracto que la primera vez, pero un poco menos que la segunda. Con que estuviera postrado, era más que suficiente. Con eso serviría para que esa niña estuviera en paz. La cena fue plácida, amena y casi silenciosa. Una vez finalizada, como siempre, él se retiró a descansar. Yo lo acompañé. El elogió mi vestimenta… “¡Estas tan hermosa, esposa mía!”, dijo e intentó besarme apasionadamente. Sus manos comenzaron a recorrer cada rincón de mi cuerpo aunque mis labios y todo mi ser estaban petrificados por el desprecio. Cuando notó esto, se asombró. Pero tras el asombro, comenzaron las violentas arcadas. Yo retrocedí con cara de estupefacción, aunque sabía a las claras qué era lo que sucedía. Se agarró a uno de los muebles, y un vómito violento salió de su boca. Continuó vomitando una y otra vez hasta que su cuerpo quedó sin fuerzas y en ese momento, lo acosté.

Nunca más se levantó de aquel lecho. Con cada comida, él recibía el extracto y después comenzaban los vómitos. Esto lo mantenía en cama 24 horas al día. Sus hijas estaban tranquilas, eran felices. Tenían una vida plena y eso me confirmaba en mis actos. Yo no quise en ningún momento que muriese. Pero, Padre, como usted sabrá, el corazón no resiste. El hombre comenzó a adelgazar, a demacrarse, a perder fuerzas. En un momento me rogó que lo matara y yo por supuesto me horroricé, ¿Cómo iba a pedirme eso? Yo lo cuidaba estoicamente, y me dividía entre él y mis deberes de madre. Matarlo sería atentar contra mi fe. Pero una mañana, luego de varios meses de postración, cuando le llevaba el desayuno, lo encontré tirado en el suelo. Llamé con desesperación en la voz a la ama de llaves de nuestra casa, para que me ayudase a levantarlo, pero allí notamos ambas que él se había ido. Con Dios o con el Diablo, no podría decirlo. Pero esa mañana estaba muerto, allí tendido en el suelo, helado. Y yo nuevamente era viuda…tenía en ese entonces, veintitrés años…

Durante los siguientes diez años me dediqué a criar a las niñas y a ubicarlas en la sociedad. Les di un hogar amoroso y sólido. Llegaron a llamarme mamá, lo cual me llenó de orgullo y fuerzas para seguir en este mundo.

Primero la más grande y no mucho después, la pequeña, se casaron y formaron sus hogares. Seguros matrimonios hechos por amor. Sin presiones, ya que no tenían necesidades económicas. Su padre les había heredado un buen dinero y yo tenía lo mío para lo que necesitasen.

Una vez más estaba sola y era libre. En esos años, ya tenía más de treinta y aunque usted no lo crea Padre, comencé a sentirme sola. Y cuando uno se siente solo la mente juega peligrosos juegos. Comencé a pensar que me volvería loca si seguía en ese estado y entonces llegó él. Guillermo era todo lo que se podía esperar y más de un caballero, de un hombre. Era dulce, buen compañero, instruido, romántico, buen mozo…en fin era todo lo que necesitaba en ese entonces. Estuvimos viéndonos durante unos meses hasta que me propuso matrimonio. Esa boda fue hermosa, realmente especial. Mi vestido era blanco, como el de una reina y la recepción se hizo en el salón principal de mi primera casa. Como el casamiento se realizó durante la primavera, el jardín aquel que había iniciado en mis años de juventud, estaba lleno de flores.

Los primeros meses, y hasta me animo a decir que el primer año de casados, fueron maravillosos. Hacíamos miles de actividades juntos. Me llevaba a sus viajes de negocios y en sus momentos libres, conocíamos cientos de ciudades. Pero entonces fue que comenzaron. Las horribles pesadillas se hicieron presentes. ¡Ay Padre!, yo traté de combatirlas de alguna forma, pero no había cómo.

En el medio de la noche despertaba empapada en sudor. Inicialmente solo eran sobresaltos y mi querido Guillermo se despertaba también y al verme angustiada intentaba calmarme. Pero con las semanas los sobresaltos se transformaron en verdaderos tormentos. En mis pesadillas aparecía una especie de demonio, un monstruo que tenía los ojos brillantes y de su rostro desfigurado, solo podía divisar una horrible herida. Una herida abierta en dos que recorría su frente y llegaba hasta la mitad de su mejilla. Se podía ver parte del cráneo, como un lecho tortuoso y lleno de gusanos que le caminaban por el rostro -si es que los demonios tienen uno- con todo el aspecto de la pudrición.

Entonces, me di cuenta que se parecía demasiado a la herida que se había llevado la vida de mi primer esposo. Empecé a temerle. Al comienzo solo se aparecía en los sueños como una figura ininmutable, pero luego comenzó a hablarme, a decirme que yo debía pagar por lo hecho. Que no tenía derecho a ser feliz por haberle quitado la vida…

Todo esto realmente me angustiaba, pero sabía que sólo eran pesadillas, malos sueños que mi mente atormentada creaba tal vez por culpa…pero la realidad era que yo no tenía culpa…yo estaba convencida de que se había impartido justicia…

En fin, para que mi marido pudiera descansar, por las noches me escabullía a otra de las habitaciones y sufría mi castigo sola y en silencio. Pero eso nos distanció ya que mi amado Guillermo al notar mis ausencias pensó que yo no quería estar con él. Y para peor de males, no podía contarle lo que sucedía, no al menos la verdad.

Una mañana de abril estábamos desayunando juntos. Él leía el diario y yo preparaba tostadas con mermelada. Estaba muy concentrada en la tarea cuando noté una sombra que pasaba velozmente por la puerta del comedor. Miré rápidamente y lo único que se me grabó de la imagen fueron los ojos naranjas y brillantes. ¿Cómo era posible? Me paralicé ante semejante visión. El cuchillo cayó de mis manos, haciendo un estruendo terrible contra el piso. Ese ruido sacó a mi marido de su lectura, quien notó mi perturbación y se acercó rápidamente a mí. “¿Qué pasó amor?”, recuerdo que me dijo con cara de preocupación. “Nada, Guillermo querido…nada…me pareció ver…” ¿Ver qué? El esperaba una respuesta convincente, real y palpable, pero no se la podía dar. ¿Qué le iba a decir? ¿Que acababa de ver el demonio de mis pesadillas allí en la sala?

Se preguntará que le contesté, Padre. Le respondí que había visto una rata…

Por supuesto, no encontramos ninguna rata en la casa. Los días pasaron, las semanas completaron meses. Yo seguía viendo al demonio lo cual me ponía en alerta constante. Comencé a debilitarme, el estrés me consumía. A esto se le agregaba el hecho de que, en ese estado no podía acompañar a mi esposo en sus viajes, por lo que pasábamos semanas separados, sin vernos. Eso nos distanció aún más. Guillermo llamó a varios médicos, en su preocupación por verme mejor, pero ninguno de ellos pudo decirle con exactitud que era lo que tenía y yo, no podía decir la verdad. Hasta que un día fatal llegó él con un médico diferente…este médico, Padre, no era el médico que curaba los resfriados, era el médico que curaba los delirios y alucinaciones. Guillermo me dijo que alguien de su confianza lo había recomendado y que me podría ayudar. Ese médico dijo que yo estaba en un estado depresivo, que debían internarme en una institución mental y que era cuestión de vida o muerte. Entonces yo pensé, tal vez tengan razón. Unas semanas allí me harían recuperar la compostura y luego volvería a los brazos de mi Guillermo, fuerte y feliz nuevamente. Y me internaron…

No puedo explicar todo lo que sufrí en ese lugar. El tratamiento no duró sólo algunas semanas como me prometieron. Meses de reclusión que se sucedían como gotas de una canilla mal cerrada. Eternos días que pasaban y pasaban consistentemente uno atrás del otro…y los meses se hicieron años. Años de golpes, de duchas heladas, de ayunos forzados y no sé cuantas píldoras que me atontaban…y el demonio seguía allí, con sus ojos brillantes y su cara deformada por la herida gigante…

Guillermo me visitaba seguido. Al principio, cada fin de semana estaba allí, me llevaba flores y dulces, pero como yo le pidiera que me sacara de ese espantoso lugar, los médicos consideraron que esas visitas me “agitaban” demasiado por lo que las prohibieron. Me desgarraron el alma. Creí morir en ese momento. Tanto que prometí a gritos no luchar más, prometí que me portaría bien…

Sabe Padre, la última vez que vi a Guillermo le rogué que no me olvidara…

Unos meses atrás, decidí que ya había pasado suficiente tiempo encerrada. En mis meditaciones solitarias, el demonio prometió ayudarme a salir. Luego de tantos años juntos en ese lugar, llegó un momento en el que tuve que hablarle y una vez eso, ya no le temí y lo hice un aliado. Cuando decidimos salir, él se encargó de eliminar al guardia y el resto fue fácil…Entonces, una noche escapé.

Una vez en la calle, me fui directo a casa…tardé bastante ya que era lejos e iba a pie, pero lo conseguí. Mi demonio ahora me daba fuerzas. Estaba deseosa de abrazar a mi querido Guillermo, de tocar su rostro que durante tanto tiempo me fue privado. De contarle toda la verdad. Pero al llegar sólo encontré cenizas y paredes derrumbadas. Un grito salió de mi garganta, un aullido de dolor… ¡mi casa derrumbada! ¿Y mi amado? Busqué desesperadamente información, hasta que un buen hombre me contó que varios años atrás, el señor de la casa, abatido por la muerte de su esposa en un psiquiátrico, se había suicidado prendiendo fuego la casa.

¡Padre! ¡Yo estaba viva! ¡Estoy viva! ¿Quien había sido el que le dijo semejante mentira a mi Guillermo? ¿Quien se había atrevido a mentirle así?”

La carta finalizaba sin firma. El padre se quedó sentado, asustado por semejante confesión. Entonces escuchó ruidos, pasos que se acercaban a su oficina y una voz femenina de ultratumba que le hablaba:

-Padre…no crea que no sé que fue usted quien le mintió a mi esposo…que le aconsejó además internarme…que perseguía la fortuna de mi amado Guillermo, ¡su hermano! Mi demonio me contó todo, querido Padre…usted no merece ser pastor de este rebaño ni de ninguno…usted Padre deberá pagar por lo hecho y ese, ¡ese es mi pecado a confesar!

El Padre retrocedió horrorizado, pero no tenía donde escapar. La mujer vestida de harapos, con los ojos inyectados en sangre le clavó certeramente un cuchillo mientras su demonio se llevó el alma del cura a un lugar donde reinaba la oscuridad.

 

Autor: Miscelaneas de la oscuridad