Autómatas



“¡Juraste que todo saldría bien! ¿Por qué no vuelve en sí?”, una voz angustiada gritó y se hizo eco en mis neuronas maltratadas, una y otra y otra vez... Frío.
Mi cabeza está como en una nube y me duele, lo cual es algo bastante extraño. “¿Qué día es hoy?”, la verdad es que no estoy muy segura. “¿Será la mañana?”. Busco en mi calendario mental, pero aparece desconectado, en blanco, y mis ojos, en lugar de mostrar el esquema habitual de citas, sólo se sienten molestos por la luz. “¿Será que mi chip se descompuso?”. Lo único que recuerdo con claridad es el mismo dolor de cabeza, un mareo y oscuridad.
Un bocinazo me arranca del desvaído mental. Aun no sé cómo, pero estoy en la calle y frente a mí, personas, autos, motos se suceden a una velocidad extrema. Respiro hondo para calmarme. “¿Calmarme?”, mi interior quiere reír. El día es húmedo y despejado y, a pesar de que ya estamos en primavera, el frío se siente en mis huesos. Entonces, un remolino de viento me acaricia el rostro y como cada día, decido volar. Pero desafortunadamente, no sólo perdí parte de mis recuerdos recientes, sino que ahora tampoco puedo volar haciendo que todo en este día se torne más que absurdo. “¿Qué me pasó?”, pienso preocupada, mientras apresuro el paso. Aunque ¿para ir a dónde y a hacer qué? No lo puedo recordar, al menos no por ahora. Al parecer mi neurochip, un implante de mejora insertado una década atrás, está reseteado y mi agenda entera, con todas mis citas, se borró. Es imperioso recuperarla si no quiero perder mi trabajo y lo más importante, mi vida. No puedo darme semejante lujo y aunque la suerte no me acompañe, tengo que caminar en búsqueda de la verdad. Pasos y más pasos. A medida que recorro las calles, percibo la ciudad que parece renovada.  Mientras tanto, hago un esfuerzo considerable tratando de recordar y lo único que se viene a mi memoria dañada, tiene fecha de un mes atrás.

Un pitido en mi cerebro.

Sonó el despertador y mi día comenzó como cada mañana en los últimos diez años: el neurochip recibiendo cientos de llamadas. Mi cerebro apenas despierto ya había procesado centenares de datos para crear modelos, patrones que darían respuesta a las muchas necesidades de este mundo globalizado y neurótico. A la hora de haber despertado, ya había coordinado reuniones on-line con gobernantes de países poderosos que hacían cola durante meses para escucharme analizar la realidad del mercado, las coyunturas políticas y en consecuencia, tomar importantes decisiones para el mundo. De mí dependía la paz global ya que había frenado más de una guerra en el pasado. Por lo que, gracias a mí, el mundo seguía siendo un lugar habitable y, en ocasiones, hermoso para la humanidad. Y esa mañana, no había sido la excepción.
Luego de desayunar, volé sobre la ciudad, como siempre. Un “Hola” escuché a lo lejos, y vi a Mateo. Él era el secretario de la empresa donde yo trabajaba, y en ese instante, me saludaba con ojos alegres y voz dulce. Él tenía también uno de los pocos chips neuronales que la Alianza había decidido colocar en humanos, aunque todo en él era diferente a mí. Los portadores de chips éramos pocos y habíamos sido elegidos concienzudamente por nuestro gobierno, por ser las personas más destacadas y capaces de resolver problemas complejos. Nos llamaban los sin-emociones porque nuestros análisis y las decisiones que se tomaban en consecuencia,  jamás deberían vincularse al amor, al odio o al miedo. Se nos exigía total neutralidad y eso nos convertía en prácticamente seres antisociales. Yo era una de esas personas y Mateo también, aunque esa mañana, sus ojos tenían un brillo muy particular. “¿Qué cambió?”, pensé aunque no hubo respuesta para eso.
Él era muy inteligente, aunque no tanto como yo. Sin embargo, y en contra de todas las probabilidades estadísticas, algo provocaba en mí. Podía estar observándolo durante horas, sin que él lo supiese, y esa simple acción relajaba mi mente cansada y desmotivada. Aunque últimamente, podía desconcentrar mis pensamientos y eso me apartaba del camino habitual. Eso estaba prohibido, por supuesto, pero no podía evitarlo. Lo saludé con una mueca, que se parecía mucho a lo que el resto de los humanos llamaban sonrisa, entré al Gran Edificio y me dirigí directo a la oficina.

¿Qué hora es?

“No anda”. Mi reloj de mano está apagado. “Maldito chip”, la frustración –rara sensación en mi- se hace presente y se convierte en compañera de mis pensamientos. Con torpeza en las manos, prendo la computadora y veo que son las siete y media de la mañana. “Por eso no hay nadie…es muy temprano”. Entonces, intento analizar cómo los eventos se sucedieron a una velocidad acelerada a pesar de la hora. Pero no se me ocurre nada. Busco la agenda, para que me oriente en alguna pista, y también está en blanco. La desesperación comienza a apoderarse de mi persona, y algo extraño se instala en mi pecho: ganas de llorar. Ahogo esa rara sensación e intento serenarme para encontrar una respuesta racional a esta serie de eventos anómalos, pero entonces, casi como en la misma nube que me acompaña desde temprano, aparecen unos ojos. Como en un flash veo a Mateo con rostro sorprendido, casi extrañado, mirándome desde la puerta de su oficina. Otro golpeteo en el pecho. ¿Qué significa esa mirada? ¿Sentimientos? Quise preguntarle, pero con rapidez él desaparece de mi vista.

Entonces, salgo a la calle, algo agitada.

Ni bien coloqué un pie en la calzada vi como la luna se reflejó en la acera. Parecía un faro encendido que iluminaba todo, a pesar de que era entrada la noche. Entonces, agradecí haber finalizado una jornada tan intensa y complicada de trabajo. Era una bella noche, cálida y despejada. El cielo, de un azul profundo, ofrecía miles de pequeñas luces, y sin embargo, nada me provocó. Ya me había olvidado de eso: los sentimientos. Ahora sólo eran un concepto abstracto, una definición instalada en mi disco rígido mental. Podía definir con claridad su significado, aunque ya no podía utilizarlo. ¿Lo extrañaba? En ese día que había sido largo y realmente cansador, quise sentir algo. Unas cuantas de las previsiones hechas por mí no habían sido tan precisas como la comisión directiva deseaba que fuesen. Hubo clientes disconformes, revueltas civiles en varios países y una observación a mi desempeño. “¿Querés que tomemos algo, así te olvidas de este feo día?”, los ojos de Mateo me miraban destellantes de ansiedad. Otra emoción. Él  invitaba a relajarme a sentir. “¿Por qué no?”, contesté y deseé que esa noche fuese extraordinaria. Nos dirigimos a un bar y nos sentamos apartados del resto, en una mesita. Un pequeño velador nos iluminaba pero aun así, podía verlo. El clavó sus enormes y bellos ojos, en mi persona y aún así...

“¿Van a tomar algo?”, preguntó la moza.

“Café para uno”, le contesto mirando la silla vacía que tengo frente a mí. “Mateo”, repite mi cerebro una y otra vez. Lo recuerdo mientras el intenso aroma del café invade mis sentidos y mi estómago revolotea. Siento un nudo en la garganta. “¿Qué me pasa?” Al parecer, el chip no solo borró mi agenda y la memoria, sino que esta alocado presentándome sensaciones extrañas y repentinas. ¡Sensaciones! Y esta nube en mi cabeza que no me permite pensar con claridad.
Una lágrima rueda por mi mejilla. Demasiadas pérdidas: volar, pensar, Mateo. Y lo que más me duele es la mirada de este joven que treinta días atrás me brindó una nueva y extraordinaria sensación. Aunque no sé cómo llamarla. Un suspiro se me escapa mientras salgo del café y el sol que está alto y cálido, me acaricia la piel y renueva mi esperanza. Elevo mis ojos y noto que el cielo parece más azul que de costumbre y me invade una catarata de estímulos nuevos y excitantes. ¿Los sentí antes?, tal vez muchos, muchos años atrás, aunque quizás, nunca. Camino sin rumbo, sin objetivos y me encuentro en una plaza, donde la naturaleza llena de vida, me impacta sobremanera. Me siento en un banco y cierro los ojos.

El sol, que ilumina mis párpados, torna todo de un hermoso color naranja.

“Me encantó verte anoche”, dijo Mateo sentado a mi lado y casi en un suspiro. “A mí también”, le contesté con el corazón vibrante a pesar de que mi chip mantenía a raya las pulsaciones cardíacas. Sus ojos me escrutaron y se metieron dentro de mí. ¿Qué era eso? No me importaba porque se sentía delicioso y no quería que parase. Luego del silencio y de decir tanto sin pronunciar palabra, el trabajo salió a colación y hablamos de cómo se había optimizado la toma de decisiones desde la implantación del chip. “Pero nuestras vidas parecen vacías”, dijo Mateo esperando una respuesta de mi parte. Era raro, pero él tenía razón. Aunque en ese momento no dije nada, mis neuronas humanas se quedaron pensando. Pasábamos el día entero en la oficina tomando decisiones y luego…soledad. Miré sus ojos y tuve un pálpito, una precognición. Volamos juntos tomados de la mano y un chispazo, una descarga suave pero placentera, recorrió mi cuerpo y no supe si era a causa del chip o de Mateo. Aunque muy dentro de mí, esperé que la causa fuese él.

El banco de la plaza se siente vacío sin él y acá estoy deseando su compañía con locura.

¿Por qué? Una imagen se aparece en mi cerebro dañado y no se borra. Parece un bucle, un virus de computación que se reitera una y otra vez entre mis neuronas cansadas por este día agobiante. Una parte de la ciudad que desconozco. ¿Será real? Tal vez el daño en el chip me provoca ver cosas que no son reales. Pero, ¿y si estuve allí antes? Tal vez en ese lugar puedan decirme, con certeza, qué sucedió con mi memoria y tal vez, de esa manera, podré recuperar todos los datos. Necesito algo que me saque de esta oscuridad que me rodea, de esta sensación de ahogarme en una laguna empetrolada…Enfoco la imagen como tantas otras veces hice, aunque con el chip dañado, es más difícil. Pero no imposible. Los edificios se suceden uno detrás de otro sin que yo me dé cuenta qué lugar de la ciudad es. Pero hay un detalle. Un cartel. Y ¡bum! ya sé a dónde tengo que ir.

“Si, hay que hacerlo”, dije entonces y resonó como una campanazo en mis oídos.

Mis ojos se acomodaron rápidamente a la penumbra y comencé a divisar diferentes carteles y puertas. Carteles que, dependiendo desde qué ángulo se mirasen, cambiaban. Y lo hacían una y otra vez, a veces caprichosos, a veces con cierto sentido. Por fin, encontré una puerta con un cartel que, en el instante en que clavé mis ojos borrosos, se tornó de un rojo intenso como si se tratase de una especie de señal. Brilló en plena oscuridad como el fuego proveniente desde un volcán en erupción. “Es acá”, escuché como entre ecos raros y retumbantes. No estaba sola, aunque no estaba segura de quien estaría conmigo.

“No temas, nada va a pasarte. A mi nada me pasó”.

Camino entre calles de una ciudad que se abre ante mí como una flor en primavera y me da la bienvenida, como si todo este tiempo, no hubiese vivido allí. De repente, toda mi vida fui una miope y hoy, justo hoy me dan un enorme y renovador par de lentes, dándole vida y color a todo cuanto me rodea. “Extraño”.
La gente que se sucede a mi lado, me ofrece rostros anónimos que me sonríen al pasar, constituyéndose en algo de lo más increíble. Alguien me saluda y yo no sé quién podrá ser. Sin mi chip en condiciones, todos son extraños. Excepto Mateo. ¿Por qué él? Sólo él se viene a mi mente. Sus ojos grandes y honestos. Su belleza y dulzura. Un cartel aparece de la nada y una puerta. Esa puerta, que en mi memoria dañada es negra, ahora se muestra azul como el cielo. Afuera, una maceta con flores rojas me provoca admiración. Toco con suavidad, tímidamente y con miedo por lo que pudiese suceder, y espero a que alguien responda mi llamado.

“Adelante”

Un hombre pequeño y calvo me abrió la puerta negra y casi sin dudarlo, entré. Allí, varios monitores y una camilla, me esperaban determinantes y contundentes. Me recosté donde me indicaron y el hombre que me atendió, enchufó un dispositivo a mi entrada neurocraneal. Cerré los ojos y sentí frio. Era el frío de la exploración mental que a través de un sistema de computación entraba en mí y buscaba programas y aplicaciones. Una descarga eléctrica y dolor.

Mucho dolor.

Una ansiedad enorme me invade y me pregunto por qué. Lo bizarro del día parece no tener fin, mi corazón se desboca con solo la expectativa de lo desconocido, con espera de que alguien abra la puerta. Escucho ruidos de pisadas. Adentro, alguien baja presuroso por una escalera, aunque duda un instante al llegar a la puerta. Puedo escuchar cada paso, cada titubeo. “Por qué se tardarán tanto”, me pregunto impaciente.

“Tranquila”

Una voz suave y melodiosa susurró a mi oído y me tranquilizó. Mientras, mis ojos continuaban cerrados y oscuros. Pero a pesar de la oscuridad, sentí la calidez de sus manos entre las mías, de su piel y aroma que eran conocidos. “No tengas miedo, esto es necesario…no vas a sufrir, lo juro…y vamos a estar juntos por siempre”.

Oscuridad.

La puerta azul se abre ante mí y unos ojos maravillosos me reciben, mientras que, llorando, me arrojo a sus brazos. “Pensé que no me recordabas”, dice Mateo mientras me besa una y otra vez en los labios. “Tu recuerdo y esta sensación extraña en mi pecho me trajeron hasta aquí”, le digo mientras él con una sonrisa me contesta: “Se llama amor…esto en el corazón es amor”, y nos fusionamos en un beso infinito. Detrás de él, unos bolsos, los pasajes de avión y pasaportes falsos nos esperan. Una nueva vida se abre para los dos. Desde este día ya no somos autómatas. Nunca más.

Autor: Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014