Una (terrible) historia de amor



Te preguntarás mi amigo, por qué estoy acá. Y yo te respondo: ¿Estás seguro de que querés saber eso? Bueno, te voy a contar una historia. Una (terrible) historia de amor. Te aseguro que nunca has escuchado algo similar. Al menos no como yo te la voy a contar y sobre todo, como yo la viví.

Hace muchos, demasiados años, cuando aún la juventud me sonreía y mi rostro era el reflejo de la flor de la vida, yo me enamoré. Te contaré que vengo de una familia muy acomodada, donde nada faltaba y tal vez era mucho lo que abundaba. Al ser el primogénito y hombre, heredaría, además del negocio familiar, las mejores propiedades por lo que desde mi cuna, tuve asegurado mi futuro. Pero ya ves. Acá estoy, sin presente ni futuro posible. Con la soledad como compañera y junto a mis hijas: tristeza y decepción.

Pero no me quiero adelantar. Una de las tantas tardes en la que paseaba en mi caballo, la vi. Blanca, pálida, con el porte y la elegancia de un ángel. Su mirada, intensa e inteligente, provocaba la locura y elevaba el espíritu hacia otro nivel, hacia otro plano. Sus manos, ¡Quién hubiera sido merecedor de sus caricias! Con hermosos y delgados dedos, tan largos y delicados que seguramente serían la envidia de más de un pianista. El solo pensar que ella podría tocarme, acariciarme, con esas manos, provocó que mi mente estallase en miles de pequeños pedazos.
“Tiene que ser mía” pensé en ese entonces. Como si ella fuese un trofeo que debía conseguir y llevar a casa para colocarlo en un estante. Como si sus sentimientos estuviesen en un segundo plano y sólo mis deseos fueran los que se deberían saciar. Me acerqué a ella y luego de una reverencia casi torpe, debido a la impactante belleza de su rostro, me presenté con un escueto y nervioso:
-Señorita…
Ella levantó la mirada lentamente, con el decoro que se le exigía en esos tiempos a una dama y respondió:
-Señora…Fátima…
-Disculpe…no sabía…
Mi corazón dio un vuelco. Había conocido al amor de mi vida y ella le pertenecía a otro. ¿Cómo era posible que el destino me castigase de esa forma? La vida se reía de mí en ese preciso momento. ¿Cómo no la había conocido antes?
-No hay porque disculparse, usted no lo sabía.
Me dijo tranquilamente cruzando sus manos en actitud de amorosa reverencia. Esa frase me sacó de mi lamento interno.
-¿Usted…vive por aquí cerca?
No sabía como preguntarle. Repentinamente me había olvidado de cómo ser un caballero. Me sentí torpe e insignificante a su lado. Pero era bello sentirme así frente a ella. Si me ponía una correa y me paseaba, hubiera sido feliz siendo su perro faldero. No obstante, necesitaba imperiosamente saber todo de ella y aunque había reglas que seguir…tiempos que esperar… yo no quería, no estaba dispuesto a hacerlo. Y no me importaba si me costaba no volver a verla nunca más. Quería saber sus anhelos, sus esperanzas, que esperaba del futuro, ¿me amaría alguna vez? Ante tanta desesperación, me llamé al silencio y al decoro que imponía mi posición y mi rango. Debía calmarme…aguantar, como si eso me asegurase algo…como si con esperar mis sentimientos fueran a apaciguarse o a ser diferentes de alguna forma…No, no por ella, no por ese ángel de amor que tenía frente a mi. Desde ese momento, mi amor por ella sería eterno.

Mientras ella me contestaba, yo la imaginaba desnuda entre mis brazos. Le diré mi amigo, que a pesar de mis jóvenes años, yo conocía las delicias del cuerpo femenino. En esos años, se estilaba visitar alguna de esas tantas casas de mujeres que se ofrecían por dinero. Generalmente el padre de uno o algún tío solterón te llevaba para “iniciarte”, así le decían ellos. Y yo me hice afín a una de esas mujeres que te amaban a cambio del vil metal. Greta. La verdad que cuando visitaba a Greta me sentía enamorado y afortunado. Pero cuando conocí a Fátima…Aún no había visto ni siquiera su cuello de cisne, largo y blanco, en forma completa y aún así, a la distancia y sin tocarla, superaba cada minuto que había estado con Greta. Podría vivir sólo observándola.
-Soy prima de Beatriz, estoy de visita en su estancia…
-¿Beatriz Pérez Torres?
-Si… ¿La conoce?
Mi corazón comenzó a latir enérgicamente. Eso era esperanza. ¡Ella se hospedaba en la casa de mi mejor amigo! Eso tendría que significar algo, era alguna clase de señal. Ella sería mía. Tarde o temprano, si la paciencia se transformaba en mi amigo y consorte, ella me pertenecería.
-¡Por supuesto! ¡Soy gran amigo de su hermano Juan! ¡Qué alegría! ¿Y se quedará mucho tiempo allí?
-Unas 2 semanas…tal vez. Bueno, un gusto señor…
-¡Perdón! Mis modales…Federico, llámeme Federico. Espero verla pronto, si no le molesta.
Ella hizo una pequeña sonrisa que iluminó mi vida y se fue lentamente como si en lugar de dar pasos, flotara en el aire. Ay querido amigo, yo estaba poseído por esos ojos oscuros. Quería descansar en su pecho, en su busto desnudo. Quería que ella fuese mi tumba. Mi eterno descanso y mi infierno también. Pero estaba casada ¿Enamorada? Tal vez si, tal vez no. Pero casada ante Dios, nuestro Señor. Eso era terrible y desalentador.

Me fui a casa con una dualidad de la que me sentía preso. ¿Qué hacer entonces? Tenía que verla nuevamente. Era un deseo imperioso que surgía de muy adentro. Pero no era correcto, ella estaba casada y en ese momento tendría que haber sido suficiente para que yo me alejara de ese ser divino e inalcanzable. Pero a medida que me acercaba a la casa, recuerdos de mi infancia fueron apareciendo. Extrañé a mi madre que estaba hacía tiempo ya, con el Señor en el cielo. Y la extrañé porque ella hubiera sabido cómo aconsejarme en este embrollo. Ella me hubiera dicho que hacer con el corazón en la mano porque yo siempre supe que mi querida madre había sido casada a la fuerza y que amaba en secreto a alguien más. Nunca supe a quien, pero la tristeza la consumió y se la llevó en su juventud. Yo no quería eso para mí. Ni hablar si me enteraba de que Fátima no era feliz con su esposo…no sé…yo intervendría de alguna manera. Un pensamiento me asaltó en ese entonces ¿Qué estaría dispuesto a hacer si Fátima se enamoraba de mí? Me fui a descansar con esa pregunta en la cabeza. Esa noche y el resto de las noches de mi vida, la soñé en mis brazos. La soñé amándola una y otra vez. La soñé mía y de nadie más.

Al día siguiente mi corazón había tomado una decisión. Y digo que mi corazón, porque la razón hubiera hecho todo lo contrario. Fui a visitar a mi amigo. Necesitaba verla. Cuando llegué a la estancia, mi querido amigo Juan me recibió con agrado y algo de asombro en su mirar. Aunque estoy casi seguro de que en ese momento leyó mis pensamientos.
-¡Querido amigo! ¡Que sorpresa!
-Hace tiempo… ¿verdad?
-¿Que te trae por estos lares?
-Nada…Charlar un momento con mi mejor amigo…Conocí a tu prima…
¿Que le iba a decir? No se mentir…y menos a mi amigo. En cuanto dije esa frase al parecer sus sospechas se terminaron de confirmar. Me tomó del brazo y me llevó al parque.
-¿En que estas pensando Federico? ¡Ella es casada!
-Lo se…pero no puedo evitarlo….desde que la vi ayer… ¿como decirte? No duermo, no como, ¡solo pienso en ella! ¡Amigo! ¡Me tenés que ayudar!
-Y ¿Qué querés que haga? Ella le pertenece a un hombre muy poderoso. Don Ocampo es dueño de casi una ciudad entera. Si se entera de que la mirás siquiera, ¡te va a matar!
-¿Ella lo ama?
-Federico…
-¡¿Ella lo ama?! Por amor de Dios ¡contestame!
-Calmate…te voy a contar su historia, pero esto tendrá que quedar entre nosotros. ¿Escuchaste? Vení que tomamos un café así te tranquilizas y escuchas lo que tengo para decirte.
Fuimos a un saloncito, y luego de que la criada nos sirviera el café y cerrara la puerta detrás de ella, Juan comenzó a contarme la historia de Fátima.

-Fátima es una dulce mujer. Nació humilde y fue ayudada por nuestra familia en más de una oportunidad ya que sus recursos eran limitados. Dentro de la ayuda brindada por mi padre, fue la de acordar con los tutores de Fátima, el casamiento con Don Ocampo. Así ella tendría su futuro asegurado y nada ya le faltaría a su familia.
-¿Ella lo ama?
-La realidad es que ella se negó rotundamente a ese matrimonio. Era muy joven, tenía 17 años nada más. Su opinión no fue tomada en cuenta.
-Entonces…no es feliz en ese matrimonio…
Esa frase que dije con cierta prudencia, me dio una alegría enorme. Ella no amaba a su esposo. ¡Yo tenía una oportunidad!
-No se si lo ama o no. Lo que si se es que no pueden tener hijos. Me han contado que eso molestó a Don Ocampo porque su fortuna no tiene descendientes. El intentó tener herederos. Se involucró con cuanta mujer poderosa se le ha presentado. Ni hablar de mujerzuelas, pero el jamás reconocería un hijo bastardo de una prostituta. Dicen las malas lenguas de que tiene al menos 2 hijos con mujeres de la vida. Una de ellas se llama Greta o algo parecido.

El hijo de Greta ¿era de ese hombre? Muy conveniente o peligroso. En el estado en el que me encontraba no podía distinguir que sería bueno para mi relación futura con Fátima. Necesitaba hacer algo y pronto. Antes de que esa mujer bella y dulce se marchitara junto a ese cerdo que tenía como esposo.
-Es suficiente información- le dije a mi amigo.
En ese momento, creo que Juan supo que ya nada podía hacer para disuadirme de mi amor y mi pasión por Fátima… y creo que en realidad, a final de cuentas esa nunca había sido su intención. Y se lo agradecí desde mi corazón en ese momento. Nos levantamos y fuimos con las mujeres de la casa. Cuando entramos al salón allí estaba ella. El sol la iluminaba tenuemente y su belleza estaba exaltada. Podría jurar que en cuanto me vio, sus mejillas se llenaron de color.

Esa tarde no le quité los ojos de encima a Fátima y Juan, en varias oportunidades, me lo hizo notar aunque en un momento parecía divertirse con la situación. Entonces, disimuladamente, yo le preguntaba alguna tontería a ella para seguirla observando. Pero mi mente se encontraba a kilómetros de allí. Estaba tramando la liberación del amor de mi vida de manos del monstruo que era su esposo. ¡Tonto de mí! En ningún momento le pregunté a ella que deseaba. Pero si lo hacía y me decía que yo estaba loco o que no la molestara… ¿Qué haría entonces? Debía actuar solo y calladamente. Algo muy dentro de mí me decía que ella correspondía este amor prohibido.

Al día siguiente me dirigí al prostíbulo donde Greta trabajaba. Sin ganas y pensando en Fátima le hice el amor, si es que aún podía seguir llamando a tal suceso de esa manera. Lo hice varias veces ya que no debía levantar sospechas. Una vez finalizado el acto que fue bastante desagradable y dificultoso he de decir, prendí un cigarro y comencé una charla trivial. Ella dijo que extrañaba mi cuerpo, pero no me interesó. Fátima estaba en todos los rincones de mi pensamiento y yo necesitaba saber si el hijo de Greta era de Don Ocampo.
-Greta, escuché por ahí que tenés un hijo… ¿es verdad?
No iba a dar demasiados rodeos con eso, así que fui al grano. Ella dejó caer una lágrima y me contó una historia por cierto triste. Unos años atrás Greta había tenido un cliente muy acomodado. Ese hombre al parecer, se sentía frustrado con su mujer ya que no podían concebir un hijo. El creía que tenía algo malo, que era estéril. Al tiempo de sus visitas constataron que el problema no era de él. Pero cuando Greta le sugirió poner el apellido Ocampo a su niño, sólo recibió un golpe en el rostro y miles de insultos. Entonces, el niño fue dado en adopción ya que ella no podía cuidarlo. Me partió el corazón. El tipo era peor de lo que yo me había imaginado. Por lo que me reafirmó en mi decisión. Debía matarlo y desposar a su viuda.

Me fui de allí luego de pagarle a Greta por el servicio prestado. Tenía una rara sensación en el estómago así que fui directo a bañarme. Esa sería la última vez que visitaría a Greta, me lo prometí a mi mismo. La única mujer que tocaría sería Fátima. No habría otro ser en mi vida que no fuese ella. Cuando salí del lugar me pareció ver a alguien conocido…Juan. Me sorprendió ya que en más de una vez había criticado mi práctica. “Bien por él” me dije. Tal vez había dejado de ser mojigato de una buena vez. El no me vio salir de allí. Se dirigió directamente a Greta. Al parecer ella tenía una gran capacidad de convocatoria…

Mientras me dirigía a casa una pregunta rondaba por mi mente: “¿Cómo mataría a ese hombre si ni siquiera lo conocía?” Debía acercarme a él de alguna forma. Y en ese momento supe que necesitaría ayuda. Debía acudir nuevamente a Juan. Y por obvias razones, iría al día siguiente. Esa noche, amé a Fátima otra vez en mis sueños.

Al día siguiente, cuando entré a la sala de la mansión de mi amigo, para sorpresa de mis neuronas desesperadas, me recibió Fátima. El resto de la familia se había retirado a realizar diferentes diligencias, por lo que ella estaba sola. La devoré con la mirada mientras ella me explicaba los motivos de su soledad momentánea. La desnudé con mi vista y mi pensamiento la recorrió nuevamente una y otra vez. Eso me ayudó a quitar de mi mente a Greta. Le pregunte acerca de su esposo, así como al pasar. A que se dedicaba y donde vivía con él. Me sorprendió gratamente la cantidad de datos que me brindó. Me dio la sensación de que ella podía leer mis pensamientos y que el aporte de sus detalles era dado a sabiendas de mi plan siniestro. Sentí que ella me rogaba por su libertad y por mí. Por mi cuerpo que debía fusionarse al de ella lo más pronto posible. En ese momento estuve seguro de mis decisiones.

Tomamos el té y ella me contó que su esposo la vendría a buscar en una semana. De pronto me encontré invitándola a ella y a su consorte a cenar a mi residencia. Tenía una semana para planificar todo. En una semana ella sería mía para siempre…
Me despedí de Fátima con beso en su mano. Me llené de su aroma a mujer y me fui a casa a finalizar los detalles del plan.
La semana pasó como en cuentagotas. Cada día se me antojaba eterno y caprichosamente solitario. Sin embargo, el día fatal estaba a la vuelta de la esquina. El momento en que tomaría las riendas de mi destino ya estaba allí.
Cuando la hora llegó sólo estábamos mi hermana menor y yo. Ella siempre fue mi compañera de desventuras y la que conocía mis más oscuros pensamientos y deseos. También era ella quien me aconsejaba sabiamente a pesar de sus cortos años. Yo le había contado a medias mi plan. Y digo a medias porque omití la parte del final. Lo único que le dije fue que lo confrontaría. Que necesitaba de ella solo el entretenimiento a Fátima. Y accedió.
Las cocineras prepararon un exquisito banquete del que yo no pude probar ni una pizca por los nervios. Estaba alterado por el simple hecho de estar con ella en mi casa y con ese hombre al que pronto eliminaría. Era simple. En un rato lo llevaría con alguna excusa a la biblioteca y allí le dispararía en el corazón. Luego me largaría de allí con Fátima…

Cuando el momento propicio llegó, me levante de la mesa e invité a Don Ocampo que poco había dicho en toda la velada, a mi biblioteca. Le dije que quería mostrarle una nueva adquisición y el hombre increíblemente me siguió. Fátima se quedó con mi querida hermana. El plan marchaba a la perfección.

Don Ocampo se acercó a mis libros depositados en los numerosos estantes. La verdad, mi biblioteca era realmente de admirar. Cuando me dio la espalda, tomé el revolver que mi padre me había regalado unos años atrás. Un arma hermosamente decorada en plata. La saqué del cajón de mi escritorio, silenciosamente y le apunté. En ese momento tuve un instante de duda. Las fuerzas del bien y del mal se jugaron una batalla en mí y desgraciadamente el mal ganó. En ese momento, el hombre se dio vuelta y me miró con asombro.
-Esto es por Fátima…y por Greta…y por tu hijo no reconocido
Y disparé sin piedad.

Te preguntarás entonces, que pasó. Don Ocampo cayó desplomado en un charco de sangre. La muerte sobrevino casi inmediatamente. Me quedé quieto. El plan se había llevado adelante. El hombre estaba muerto. Entonces, tras escuchar el disparo llegaron mi hermana y Fátima.
Al entrar mi querida hermana gritó horrorizada. Nunca se había encontrado con un cuadro semejante. Ni siquiera en sus sueños. Pero Fátima…Fátima se acercó a mí, me miró con tristeza en el rostro y en el instante en que yo creí que lloraría o me diría algo, nada. Solo me arrebató el arma y se disparó.

¿Y que pasó después? ¿Además de que Juan heredó todo y se fugó con Greta? Fátima se convirtió en mi compañera, mi eterna pesadilla y mi perdición. Pero la verdad, no importa…ya no importa que pasó después.

Autor: Miscelaneas de la oscuridad